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(De su amigo Luis Millar)
Duro fue el día en que comprendí que nuestras vidas se equilibran sobre los hilos más delgados del destino. Duro fue el día que comprendí que la vida no es nada, sino la mera sensación de que elegimos vivir.
Ya es muy tarde, la vida se ha extinguido, como se apaga el fuego más feroz del infierno. Y recuerden ... todas las lágrimas no caen en vano; diciendo esto, espero que el destino tenga un buen motivo por el cual nos hayamos reunido hoy, aquí, en este mismo lugar.
Sé que Mijáil brilla ahora junto con las estrellas más jóvenes, en el cielo infinito que se abalanza sobre nosotros, y de ahí nos mira queriendo decirnos:
“No se preocupen, estoy bien. Ahora los acompañaré desde aquí”.
Subiste a purificarte en el aire supremo : ¡Feliz tú que pudiste volar hacia los campos luminosos y limpios, con vigorosas alas! Aquel cuyos deseos, igual que las alondras, suben al cielo, al aire libre de la mañana.
Creo que nuestro mundo es un templo de pilares vivientes que susurran, a veces, imprecisas palabras; pasa el hombre a través de una selva de símbolos que le observan con mil familiares miradas.
No olviden, cuando el cielo, plomizo, pesa como una losa y enlaza con la noche la tristeza del día, y el espíritu gime, y el horizonte acosa con su círculo oscuro nuestra melancolía; cuando la lluvia a chorros, como rejas, perfila una inmensa prisión, con grillos y cerrojos, y un infame ejército de arañas entrehila una tela de angustia dentro de nuestros ojos . . . Es cuando les pido : Recuerden a su hijo, hermano, amigo, y su felicidad en vida.
Por último, les digo : serenidad, serenidad . . .
“Y sé que debe tener un buen motivo”.
Viña del Mar, 6 de junio de 2005.
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