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En ese lugar, junto al lago y cerca del bosque, su alegría era visible. Disfrutaba de lo natural como ninguno. En cualquier parte. En las playas de Atacama, buscando caracolas y cangrejitos, para hacer una breve pecera. La llenaba de vida y colores, imaginando historias maravillosas que terminaban junto con la tarde. Entonces devolvía, uno a unos a sus amigos de ese día. Cada uno a su lugar. Todos al mar.
Bajo los cerros tenía tiempo para buscar lo inimaginable. Como ese potrillo de la Cuesta El Melón. Entre los árboles, tocaba cada pliegue de la madera y subía hasta lo más alto. No había gato, ni perro que se librara de sus caricias, por vagabundo y abandonado que estuviera. Todos merecían sus manos y todos eran suyos. Lo recuerdo, pequeño, sumergido en el barro o nadando en la fría agua del Estero La Jaula. O con esos enormes gusanos blancos que halló en un tronco olvidado en Los Queñes.
Nadie, estoy seguro, disfrutó tanto de la naturaleza, como el lo hizo. Era, casi, una prolongación de ella. Quizá por eso le costaba tan poco atrapar los más increíbles animales. Algunos se posaron, voluntariamente, sobre sus manos. Otros se dejaron seducir y descansaron, tranquilos, entre sus dedos.
Así siempre, como ese día, en que sólo el cielo, el agua y los árboles, rodeaban su mirada risueña.
Esa que nos acompaña siempre. Con la que vamos por la vida, dispuestos y animosos, pues el nos espera allá, junto al bosque.
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