|
Oculto en mi paraíso, donde no me puedes ver, te sigo mirando. Pues ahora recuerdo esos momentos que viví contigo. Son tantos y tan dulces, que los días se me van pasando sin que pueda salir de ellos, sin que pueda dejar de recordarlos. ¿Te acuerdas de la roca que golpeaban las olas?. Allí estaba yo, con mi risa tranquila, pero buscando una salida. ¿Te acuerdas de mis libros?. Eran tantos y los leí todos, uno tras otros y en ellos viví otra vida, una que aun no termina, una que nunca terminará. ¿Y las bicicletas?. Esas amigas incansables, con las que llegué a tantos lugares y que prestas me llevaron de vuelta. A veces de día, otras de noche, sin luz y sin temor, recorriendo cuadras y cuadras, con la dicha de haber vivido momentos maravillosos. Si, son buena cosa las bicicletas. Casi diría que son ideales, si no fuera por el peligro que también viví, entre camionetas que corrían raudas a mi lado, casi rozándome. ¿Y el salto del león? ¡Que fría era esa agua!. Pero sólo al comienzo, después el frío no era nada y el gozo, en cambio, era interminable. Te acuerdas que subí a la balsa de troncos. Con ella me acerqué a la cascada fina y vigorosa. Allí era profundo. Eso era otra cosa. Pero no me importaba mucho esa profundidad. Después, con el tiempo, ya no me importó nada. En el Lago Calafquén era mucho más hondo y allí me sumergí y era maravilloso. O como decías tu, espectacular. Si te gustaba esa palabra. Me acuerdo muy bien y a mi me gustaba molestarte con ella. Pero sólo era broma. ¡Tu sabes!.
Si, no hubo agua, como esa. Ni bicicleta como las que tuve, especialmente la última. Esa que me llevó a ser y sentirme grande. Como si todo estuviera al alcance de mis manos o de mis ojos. Por eso no me interesó el auto. Que también era bueno, no lo niego, pero yo tenía mi bicicleta y eso era mucho mejor.
Bueno, también era buena el agua de la piscina. Si no sabré yo. La del Viña también. Era un poco más fría, pero eso era bueno. Era lo máximo, sino, que lo diga mi cara, que puedes ver en esta foto. Que lo digan mis ojos, que no tenían secretos. Ahí los tienes, son los mismos que miraron el verde del sur y la nieve del Villarrica. Esos que me sirvieron para descubrir, bajo el agua del mar, una belleza diferente. Los ojos con que miré, sorprendido, la nueva vida que venía.
Esos ojos, encendidos de cariño, con los que te sigo mirando.
|
 |