|
No sabes hijo, lo duro que es estar sin ti. Nadie sabe lo duro que es la llegada de la tarde, de la noche, del otro día, pensando en ti. Recordando una y otra vez ese día, el de tu partida. El único día importante. El que no puede salir de mi mente. Ese huracán que te arrojó para siempre lejos, muy lejos, de nuestro alcance. Ese no poder dormir, pensando en ti, en tus ojos, en tu pelo, en tu risa. Ese despertar a medianoche y no poder impedir que el primer pensamiento sea para ti y que sea una sensación de dolor, de oscuro desgarro, de algo que no quieres que ocurra, que no deseas, que quieres impedir con toda tu alma….. ¡pero no puedes!.
Esa idea de que no puedes haberte ido y que no pudo ser así. Esa que se refugia en mi cuerpo, en mi corazón, en mi pensamiento, de donde no te irás jamás. ¿Cómo puede ser verdad, que mi hermoso hijo ha partido?. Que ya no estas. Que no vendrás esta tarde, ni la otra, ni la siguiente. Que no abriré la puerta para que tu entres, ni correré la cortina, para ver tu bella silueta, esperando afuera. Ni esa palabra que siempre decías, ni esos murmullos. Ni tus brazos largos, ni ese persistente afán de estar contento, como si estuvieras por sobre todo y siempre dispuesto. No, aunque todos digan que si, mi corazón, mi entraña más profunda dice que no. Siempre dirá no.
¡Hay Hijo mío!, cuanta falta nos hace tu compañía. Es como si no pudiera ir por ahí, sin que los recuerdos se vengan y me aplasten. Ni siquiera en las cosas pequeñas, ni menos en las grandes. Ninguna me parece posible, ni conveniente, ni aceptable, sin ti. Si voy a las compras, no estás tu para acompañarme, o para llevarte, aprovechando el viaje, a tus actividades. Ni estás a la vuelta, para ayudarme a llevar esas bolsas con la mercadería. Te recuerdo caminando con varias de ellas, erguido y ágil. Como si no llevaras nada. Hace un año, juntos preparamos nuestro viaje al sur. Hoy parece no existir el verano, ni las vacaciones. No he vuelto al deporte, es como si no pudiera hacerlo. Es como si nunca hubiera podido hacerlo. Recuerdo tu golpe arrasador. Ese que lanzabas con todo tu brazo y con todo tu cuerpo. No importaba a donde iba, sólo que llevara toda tu fuerza, toda tu potencia. Así una y otra vez. Así, poco a poco, ese golpe tenía más dirección y si entraba, era imposible devolverlo. Nunca pude hacerlo, nunca estuve ni siquiera cerca de hacerlo. Y ahí tu reías y volvías a hacerlo, ahora afuera, el otro, más fuerte, también afuera, y varios afuera, pero después venía uno adentro. Uno sólo, uno a veces. Así era todavía, pero iba mejorando y se, lo se con toda certeza, que pronto sería diferente. Muchos irían adentro, pocos afuera. Ese era el futuro que venía. El tuyo. Ese que se esbozaba en cada golpe. Como lo era con muchas otras cosas en que tu, poco a poco, te ibas acercando y, también, poco a poco, te ibas alejando. Ese era el futuro que venía. Lo se, siempre lo supe. ¿Te acuerdas cuando te enseñaba a nadar? O más bien, cuando me veías nadar e ibas aprendiendo. O la pelota. O el pan. Y tantas cosas, en que querías aprender y me preguntabas todo. Y dicho por mí, ya era ley para ti. Y la defendías a brazo partido. Con todo tu esfuerzo. ¿Cómo no voy a necesitarte Hijo?. Ahora que todo se ha vuelto feble, ambiguo, complejo. Inhóspito y mortificante. Tu palabra, pero más que ella, tu abrazo y tu cariño, fueron el camino. Con ellas estaría todo claro. Con ellas, volvería a subir la alta cumbre de mis sueños. Esa que ahora esta oculta y oscura, como si un fuego arrasador se la hubiera llevado para siempre. Un fuego que se lo llevó todo….
Nos hace mucha falta esa grandeza y esa mirada superior que tenías sobre todas las cosas. Recuerdo cuando decías –más de una vez- “por la familia, estoy dispuesto..”. O “si van todos , yo voy..”. Incluso ese simple , pero potente “vamos a caminar un poco..”. Podría seguir con tantos otros, con tantas miradas tuyas que dijeron más que mil palabras, con tantos gestos tuyos que te fueron llevando por el tobogán profundo. Por un camino que te hacía diferente, especial. Eres mi hijo, el mayor regalo que recibí en el duro camino de la vida, por eso eres, también, mi mayor pérdida. Una que no podrá resarcirse nunca. Una que me hará llorar una y otro vez, como si el abismo de mi pena se hubiera abierto para siempre y ya no pueda volver a cerrarlo. Es por eso que te hablo y trato de cantar esa canción, la que tu sabes, la que me hubiera gustado tanto compartir contigo, conversar contigo y haber oído tus opiniones sobre ella, o sobre lo que la canción dice. Quizá ese habría sido un consuelo ahora, pero como no lo hice, como no lo hicimos, la canción me hace llorar. Me inunda de lágrimas dolorosas y amargas. La vuelvo a oír, la vuelvo a cantar, más bien la trato de cantar y una vez más, como si allí estuviera el mayor dolor, vuelvo a llorar y vuelvo a decir tu nombre. El mismo que sigo diciendo, como lo hacía contigo, como si me siguieras escuchando, como si estuvieras aun aquí, junto a nosotros, como siempre debió ser.
Ahora, justo ahora, recibo una llamada de tu hermano Gianni, que me pregunta como estoy, lo que no es común en el. Entonces te vuelvo a ver, balanceando tu cuerpo, entre las ramas, o en cualquier lugar, por alto y remoto que se encuentre. Entonces vuelvo a ver tu risa y a oír esa forma única, incomparable que tenías para decirme “papi”, como si lo musitaras, como si fuera una forma de respirar, agitada y breve, lacónica, pero tan dulce a mis oídos, tan reparadora de mi pena.
Mijáil, hijo mío, te amo con lo que me queda de vida, con la fuerza de tus abrazos y, por sobre todo, con ese mundo de recuerdos imborrables y maravillosos que tengo de ti.
|