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"En el Lago Maihue."

Hace unos diez años, cuando muy pocos habían oído hablar del Lago Maihue, tras kilómetros y kilómetros de impresionantes caminos de tierra y ripio, que van por la orilla del Lago Ranco y luego se interna por un estrecho valle cordillerano, toda la familia, junto a nuestro Mijáil llegamos a este hermoso lugar. Su belleza es sobrecogedora. Un lugar de esos en que uno quisiera quedarse para siempre.
En el acceso, hay una casa de campesinos y muchos perros. Perros de campo, enormes y fieros. Ese día, un grupo de ellos, se pegó al Explorer y corrían a nuestro lado, sin despegarse. El vehículo bajaba hacía el lago y a medida que nos acercamos a la orilla, nos empezó a preocupar esta bulliciosa compañía. ¿Qué querían los perros? Tal vez nos impedirían bajar del vehículo. ¿Serán agresivos?. La verdad es que nos fuimos sumiendo, silenciosamente, en el temor. Nos detuvimos a pocos metros del lago. Hablamos sobre que hacer y luego bajamos los vidrios para hablar a los perros. Mientras estábamos en eso, Mijáil, simplemente se bajó de la camioneta y no pasó nada. Los perros eran amistosos y sólo querían acompañarnos. Pero el riesgo era grande, sin embargo el, por alguna intuición oculta o por esa enorme comunicación que establecía con los animales, se dio cuenta que eran buenos perros. Grandes y cordiales, de corazón abierto, igual como era él. Estos perros, tenían un juego favorito, que consistía en ir al interior del lago a buscar los maderos que uno les arrojaba al agua y ese juego era para ellos, muy divertido. También para Mijáil y el resto del grupo. Tras un tiempo de conocer a los perros y jugar con ellos, nos fuimos a caminar por entre los árboles y el agua. Los perros nos acompañaban, como si fueran amigos de toda la vida. Era un lugar maravilloso. Ahora pienso que Mijáil debe estar en un lugar tan bello como ese.
Tras mucho caminar, nos fuimos a comer. Aquí los perros también recibieron una parte. Según recuerdo, fue Mijáil que se preocupó de esto. También sus hermanas. Conociéndolo, posiblemente, dio a los perros, gran parte de su comida, pues con eso disfrutaba mucho más. Después aparecieron los tábanos, unas moscas enormes, que no cesaban de molestar. De uno, dos o tres, zumbaban alrededor de cada uno de nosotros. Entonces había que escapar al bosque, pues allí no ingresaban.
Ese día, estoy seguro, Mijáil, lo recordó siempre. Por la belleza, por la aventura de los perros, por el agua, por los tábanos, pero, por sobre todo, por los buenos momentos que la familia y , especialmente él, vivió allí, a orillas del Lago Maihue.