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El siempre fue un niño sano y deportista. Le gustaba nadar, correr, subir a los árboles, trepar cerros y muchas otras actividades. Así creció y se desarrolló. Con su bicicleta, mejoró su ritmo y perseverancia, pero fue el Kung Fu lo que le dio disciplina, fuerza controlada y enorme agilidad. Allí también desarrolló su tenacidad, que ya la tenía de pequeño y fortaleció su responsabilidad. Si había que levantarse temprano el día domingo para ir a entrenar, no lo dudaba un segundo y allí estaba, dispuesto y con todo. Practicaba día a día sus ejercicios, especialmente los de elongación. Su vara estaba siempre a la mano y ensayaba una y otra vez sus movimientos, sus pasos, sus giros y flexiones.
Todo esto que, para nosotros, su familia, eran elementos de algo que no conocíamos mucho, hizo una verdadera explosión ante nuestros ojos, un día de septiembre del 2004, en el Gimnasio techado del Liceo Sagrados Corazones de Copiapó. Allí apareció el Kung Fu de Mijáil en todo su esplendor. Nos maravilló y emocionó. Nos sorprendió con la belleza sincronizada y perfecta energía de sus movimientos y, ambos, papá y mamá, nos sentimos inmensamente orgullosos de nuestro hijo, incluso con deseos de gritarlo.
Así era él, sencillo, pero profundo. Muy sólido y con la mira puesta en el porvenir.
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